Reflexiones en torno a la Caminata de los Migrantes

Sermón
“Reflexiones en torno a la Caminata de los Migrantes”
19 de Septiembre del 2010
Iglesia Baptista de Weatherly Heights

“Demasiada agua. Demasiada luz… y un Dios del cosmos que se entretiene cambiando códigos postales.

Aquí les va algo que apuesto que no sabían, en la versión original del griego, Juan 1:14 dice: “Y el Verbo se hizo carne y ‘tabernaculó’ entre nosotros”. ¿Saben lo que era un tabernáculo? Era una tienda usada por los antiguos hebreos para venerar a Dios mientras erraban por el desierto durante el Éxodo.

Demasiada agua. Demasiada luz… y un Dios del cosmos que se entretiene cambiando códigos postales a fuerza de instalar su tienda entre los extranjeros que huyen del Faraón, errando por un desierto ajeno.

Y esto me conduce a la Caminata de los Migrantes.

Para aquellos de ustedes que no lo saben, llevo varios años defendiendo activamente los derechos de los inmigrantes ilegales. Y algo muy importante que he aprendido es que los inmigrantes no están siendo atraídos por América sino que están siendo expulsados por políticas económicas mucho más poderosas que ellos. Y debido a la militarización de la frontera, que empezó en conjunto con tales políticas, están siendo forzados a cruzar por el abrupto desierto, lejos de la seguridad de las áreas urbanas, y donde a la fecha se han recuperado los restos de más de 5000 migrantes (hombres, mujeres, niños, bebés). Y que estás muertes fueron previstas por el Gobierno Federal, que consideró que actuarían como “elemento disuasivo” contra la migración ilegal. Si quieren pueden ir online y leer un documento del departamento de Inmigración y Naturalización titulado “Estrategia de la Frontera Suroeste”, donde encontraran más información sobre dichas política disuasivas.

Yo siempre estoy hablando de estás cosas.

En los pasados siete años una coalición de grupos que defienden los derechos de los migrantes ha organizado una caminata anual de 75 millas a través del Desierto de Sonara para denunciar las muerte de migrantes.

En mayo del 2010, decidí dejar de hablar por un rato y unirme a la caminata. Empezamos manejando de Tucson hasta un sitio llamado Sasabe. Sasabe se encuentra al final del muro fronterizo y ahí no hay mucho más que unos tristes agentes de la Patrulla Fronteriza.

Por razones simbólicas caminamos desde la estación fronteriza unos cuantos pasos dentro de México, dimos media vuelta, mostramos nuestros pasaportes y comenzamos nuestra caminata de seis días, caminando, en su mayoría, a través del de la Reserva Ecológica de Buenos Aires. La temperatura estaba sobre los 90 Grados Fahrenheit.

Y cuando digo que caminamos, es porque eso hicimos. Caminamos. Y caminamos. Y caminamos. Un promedio de 15 millas por día. Y cada día la temperara era más elevada. Para cuando llegamos a Tucson, 75 millas más tarde, la temperatura era mortal, 108 Grados Fahrenheit.

Nos habían advertido que usásemos camisas de manga larga, pantalones y sombrero para que no cayéramos victimas del cruel sol de Arizona. Y que usásemos un buen par de botas de montaña para que no nos torciésemos el tobillo al ir de piedra en piedra.

Y andábamos en constante alerta para no tropezar con ningún cactos, especialmente uno pequeño en forma de barril llamado cholla que tiene unos diabólicos anzuelos en la punta de sus múltiples espinas y que saltan hacia ti cuando pasas cerca. Así que cuando encontrábamos alguno de esos diabólicos cactos gritábamos “¡Cholla!”.

Cuando arribábamos a nuestro campamento del día, instalábamos sombras y poníamos plásticos debajo y nos sentábamos juntitos y esperábamos (por horas) a que el calor sofocante disminuyera. Y yo usaba mi bolsa de dormir para elevar mis pies hinchados y alguien a quien no conocía me ponía los pies en la cara y era entonces cuando yo decía “no aguanto más”. Pero tan pronto refrescaba instalábamos nuestras tiendas, porque si instalas tu tienda cuando el calor es fuerte tu tienda se convierte en un horno.

Ahí estaba yo, lejos de mi código postal. Yo no soy de acampar. No lo puedo enfatizar más. Mi idea de aventura es cuando el baño está al final del pasillo y no en la habitación del hotel.

Pero primordialmente me encontraba lejos de mi código postal porque estaba rodeada por personas cuya realidad era muy distinta de la mía. y como teníamos tiempo de sobra las palabras volaron.

Y la verdad es que sólo había dos personas que hablaban mi lengua. Uno era un hombre, más o menos de mi edad, que creció dentro de la iglesia Baptista en Mississippi, se mudó a Oregón, se convirtió en Menonita y sabe cantar “Jesús Está en Primera Línea”, como nadie. Pero me contó que cuando se mudó a Mississippi siendo niño no entendió las costumbres sureñas, y recuerda que una vez fue rodeado por una pandilla de niños que lo tiraron al suelo y lo patearon mientras gritaban “¡hay que matar a este amante de negros!”. Y yo entendí perfectamente de lo que hablaba.

Y también había un joven cantautor, quien después de graduarse de una Universidad Presbiteriana en Carolina del Norte, pasó un año en un refugio mexicano para migrantes que han sido deportados, y que iba de regreso a casa. Una de sus canciones se titula “Birmingham” y el estribillo dice: “Señor Político, es tiempo de tomar una posición respecto al estado de las cosas. Una cosa que no necesitamos sobre la arena es otro Birmingham, otro Birmingham en llamas.”
Tan sólo dos personas de un total de cincuenta y seis que hablaban mi lengua. También había un vaquero grandote y malhumorado, miembro de un grupo de paz y justicia. Había también un joven nativo americano que estaba en la caminata por los nativo americanos y a quien el vaquero grandote y malhumorado deportó de regreso a Tucson porque se rehusaba a usar camisa.

También había un hombre de aspecto rustico que decía que el monstruo de Gila era su tótem. Me contó que una vez mientras caminaba por el desierto se acercó a un monstruo de Gila quien le recordó que él (el monstruo de Gila) llegó al desierto antes y por lo tanto le pedía al hombre que respetase eso. Cuando le pregunté al hombre cuál religión nativo americana practicaba, me miró confundido y dijo, “No, no soy nativo americano. Soy Cuáquero.”

Había también un hombre de pocas palabras, metodista peruano de Rhode Island, quien no era un gran admirador del joven nativo americano que se negó a usar camisa.

También había un monje franciscano, anteriormente luterano, quine hizo la caminata llevando puesta su túnica café sobre sus jeans.

Y había una mujer gay que creció dentro de una familia judía en Morelos, México pero que ahora es atea, y un hombre gay de Washington DC quien también creció dentro de una familia judía y quien también es ahora ateo. La mujer gay de origen judío-mexicano me dijo que hace dos años su hermana había cruzado ilegalmente por la misma zona donde estábamos. Había corrido con la suerte de tener un buen coyote quien se enteró de ciertos negocios de drogas en la zona y para evitar cualquier conflicto con los narcotraficantes condujo a su grupo por una área que desconocía y perdidos erraron por el desierto por dos días y dos noches.

Había también un hombre transexual de origen mexico-americano, un abogado llamado Mel, quien después de contarle sobre la muerte de mi hija Leigh Anna organizó al grupo para que cantaran “I’ll Fly Away” pues le encanta esta canción y pensó que tal vez tendría cierto significado para mí.

Y había también un botanista mexicano que cuando encontraba dos árboles raquíticos, colgaba su hamaca y decía, “relájate”. Y lavaba nuestros pies y nos curaba las ampollas. Y el vaquero grandote y mal humorado, de paz y justicia, se enojó porque dijo que eso jamás lo habían hecho en ninguna de las caminatas anteriores.

Así nosotros, los de los códigos postales cambiantes, los que íbamos cambiando de forma, instalando tiendas en un desierto ajeno, caminamos. Y caminamos. Y caminamos. 75 millas. Seis días.
Y nuestra experiencia no fue ni remotamente parecida a la experiencia de los migrantes porque nosotros teníamos dos cosas que los migrantes no tienen. Demasiada luz. Demasiada agua.

Caminábamos durante el día, a plena luz. Los migrantes por el contrario tienen que caminar durante la noche para evitar ser vistos. La cholla, esos diabólicos cactos con anzuelos que te asaltan, que nosotros podíamos ver y esquivar sin problemas, los migrantes no pueden verla ni ningún otro cacto, no pueden ver las serpientes, los monstruos de Gila, no pueden ver las hormigas, las piedras, los barrancos. Durante el día se esconden en los barrancos, cubriéndose con escombros entre la cholla y las serpientes.

Una vez les pedí a un niñito y a su hermana, quienes habían migrado a través del desierto, que me contasen sobre su experiencia. El niño dijo, “Pues, tenía un poquito de miedo”. Y cuando le pregunté por qué, dijo: “Porque en el desierto hay-hay-hay-lagartijas y-y-y-serpientes”. Y su hermana me contó que recordaba las plantas largas que la arañaron y picotearon durante todo el camino. Y le pregunté, “¿tenías miedo?” Y cuando respondió que sí, le pregunté por qué, “es que antes me daba miedo la oscuridad”. Y me tomó años entender lo que quiso decir.

Nosotros tuvimos demasiada luz.

Y tuvimos demasiada agua. Se necesita un galón de agua por persona para sobrevivir el calor abrasador del Desierto de Sonora y toma seis días caminando directo de Sasabe a Tucson. Hagan sus cuentas. Una persona no puede ir cargando seis galones de agua o más si esa persona va cuidando a una niñita o su abuelo.

Así que para que nosotros pudiéramos ir cambiando nuestros códigos postales, necesitábamos que nos trajeran agua. Necesitábamos que nos trajeran mucha agua.

Hay un grupo en Arizona llamado Fronteras Humanitarias que se dedica a instalar estaciones de agua para los migrantes en el desierto. Cada día venían desde Tucson, trayendo consigo suficiente agua para que cada hora y media pudiésemos llenar nuestras botellas y mojar nuestros pañuelos en agua con hielo para refrescarnos. Y cada tres horas parábamos para descansar y comer un poco de fruta y nueces saladas para reponer los nutrientes que nuestro cuerpo necesitaba para seguir caminando.

Y por las tardes cunado refrescaba, otro grupo nos traía la cena (Ensaladas frescas, helado. Y un trovador que creció en Nogales, México, la ciudad que tiene una ciudad gemela en Arizona —ciudades gemelas divididas por la militarización y el muro fronterizo—venía desde Tucson y nos cantaba sus canciones sobre muertes en desiertos ajenos).

Pero la mejor parte era el agua. Una tarde la gente de Fronteras Humanitarias vinieron con su pipa de agua y trajeron una maguera y una botella de shampoo y sin más razón que su generosidad nos lavaron el pelo. Y la arena del desierto se convirtió en lodo y salpicó nuestras piernas pero no nos importó porque nuestro pelo estaba limpio y nos sentíamos frescos y reímos como niños pequeños. Y yo estaba tan entusiasmada por el bautismo de generosidad y shampoo y el gran río de agua que era la pipa que les dije que era como si estuviésemos más cerca del reino de los cielos.

Así que tuvimos nuestra pequeña aventura. Pero los 5000 migrantes cuyos restos han sido recuperados en el suroeste americano no andaban en busca de aventuras. Ellos lo arriesgaron todo y perdieron.

En febrero del 2008 un hombre llamado Daniel Millis, en compañía de otros miembros de un grupo llamado No Más Muertes, descubrió el cuerpo sin vida de Josseline Janiletha Hernández Quintero de 14 años. Josseline y su hermano de 10 años iban a reunirse con su madre, quien había inmigrado a Los Angeles. Venían de El Salvador, y habían cruzado ilegalmente Guatemala y sobrevivieron las 2000 millas de peligro atravesando México.

Y aquí estoy yo hablando de cambiar códigos postales.

Josseline y su grupo habían finalmente cruzado la frontera cerca de Sasabe, el sitio donde empezamos nuestra caminata. Pero Josseline ya no podía más y su coyote la dejó abandonada. Era enero y el clima era tan inclemente como en julio. Una lluvia de invierno cayó sobre el desierto y la temperatura bajó a los 29 Grados. Y Josseline murió congelada, sola en un desierto ajeno, llevando puesta una chaqueta rosa, sus zapatitos tenis de color verde y par de pantalones deportivos con el letrero de “Hollywood” en las asentaderas.

El 8 de febrero del 2008 Daniel Millis, uno de los que encontraron el cuerpo de Josseline, fue arrestado por agentes del Departamento de Pesca y Vida Silvestre por tirar basura en la Reserva Ecológica de Buenos Aires. La “basura” que dejó tirada eran galones de agua dejados con la esperaza de que pudiesen servir a cualquier migrante.

Muchísimas personas en Arizona que han respondido a la crisis humanitaria en nuestra frontera sur. Un grupo llamado Patrulla Samaritana recorre los caminos de los migrantes llamándolos para que salgan de entre los barrancos y las espinas. Andan por los caminos de los migrantes repitiendo un estribillo en español: “¡Tenemos agua, comida, medicina. No somos de la Patrulla Fronteriza, venimos de la iglesia. Tenemos agua y comida!” Algunas veces los migrantes responden al llamado y otras no.

En una ocasión un grupo de Samaritanos iba caminando repitiendo su estribillo, pero no encontraron ningún migrante a su paso así que dieron la media vuelta para regresar a la carretera y para su sorpresa se encontraron frente a un pequeño grupo de migrantes, expulsados de sus tierras, con poca agua y poca comida. Los migrantes que no entendían del todo el acento de los Samaritanos, pensaron que en lugar de ir ofreciendo agua y comida estaban pidiendo ayuda. Y estos extranjeros que andaban por un desierto ajeno lo arriesgaron todo y salieron de su escondite hacia la luz para ofrecer vida a los Samaritanos.

Y el Verbo se hizo carne.

Conozco una joven madre que cruzó ese desierto ajeno con su pequeño bebé. La Patrulla Fronteriza andaba cerca, así que para evitar ser descubiertos el coyote le cubrió la boca al bebé, cuando retiró su mano descubrió que había asfixiado al pequeño.

Demasiada luz. Demasiada agua…y el derecho a no ser silenciados.

Así que finalmente llegamos a Tucson, tarde por la mañana y con una temperatura de 108 Grados. Gente de bien nos esperaba aplaudiendo, también nos esperaba Fox TV. Y el vaquero grandote y malhumorado, de paz y justicia, dio un discurso sobre la urgencia de prevenir la muerte de los migrantes y lloró. Y un sacerdote nos esperaba y celebró con nosotros la antigua ceremonia del lavado de pies. Y el sacerdote lloró.

Demasiada luz. Demasiada agua…y el derecho a no ser silenciados.

Lo que me lleva de regreso a donde empecé. Al comienzo. Al tiempo donde Dios empezó sus seis días de creación. Al tiempo en que la tierra era un vacío amorfo, la nada cubierta de oscuridad. Caracterizado por la inmovilidad y el silencio. Pero de pronto algo ocurrió. Durante los seis días de actividad divina, Dios envió un viento que interrumpió la inmovilidad. Y Dios rompió el silencio al ordenar que se hiciera la luz. Y esta palabra hablada que hizo la luz era Dios. Y todas las cosas fueron creadas a través de esta Palabra Divina y sin esta Palabra Divina ninguna cosa existiría. Y lo que fue creado fue la vida, y la vida era luz invencible ante la oscuridad. Y la Palabra Divina cambió y moldeó y atravesó grandes distancias e instaló su tienda entre las gentes que fueron expulsadas de Egipto y erraban por un desierto ajeno.

Y no se confundan, esto no es lo que el Faraón tenía en mente. Lo que el Faraón ambicionaba era inmovilidad y gente que se conformase con su estatus. Y lo que César también ambicionaba era inmovilidad y gente que se conformase con su estatus. Lo que el Faraón tenía en mente era la muerte. Lo que César tenía en mente era la muerte.

Pero inmovilidad y muerte no era lo que Dios tenía en mente. El Dios que con su palabra creó las aguas y la luz y el espacio sólo podía ambicionar la vida. Y el Dios que cambió de forma y cruzó la línea fronteriza lo hizo sin papeles y sin el permiso del Faraón y sus agentes, sin el permiso de Cesar y sus agentes.

La inmigración ilegal es un asunto complejo y complicado que no va a desaparecer. Pero la parte más importante de este asunto no es mínimamente complicado. La parte fundamental, la cuestión teológica, ¿es a quién servimos, al Farón y a César y su idolatría por la muerte? ¿O al Dios de la vida?

¿Rezan conmigo?”

Ellin Jimmerson, Sermón: “Reflexiones en torno a la Caminata de los Migrantes” , 2010.

Traducido por Ari Balathar

 

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